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De Ucrania a Ormuz: la década que convirtió a las renovables en el eje de la seguridad energética


En la última década, dos conflictos geopolíticos han sacudido los cimientos del sistema energético mundial. Dos crisis diferentes, pero con una raíz común: la dependencia de los combustibles fósiles.

La invasión de Ucrania por parte de Rusia en 2022 eliminó del mercado a uno de los mayores exportadores energéticos del mundo y obligó a Europa a sustituir, prácticamente de la noche a la mañana, a su principal proveedor de gas. Cuatro años después, las tensiones en el estrecho de Ormuz, una arteria clave para los flujos globales de petróleo y GNL, han desencadenado una de las interrupciones de suministro más graves jamás registradas, afectando a más de 10 millones de barriles diarios, según Ember. Esto duplica la magnitud de las crisis petroleras de 1973 y 1979.

En conjunto, ambos episodios apuntan a una conclusión clara: el comercio de combustibles fósiles nunca había estado tan expuesto geopolíticamente. Al mismo tiempo, han abierto una oportunidad estructural. A diferencia de crisis anteriores, hoy existen alternativas escalables y competitivas —solar, eólica, baterías y vehículos eléctricos— que no solo están amortiguando las disrupciones, sino que están transformando activamente el propio sistema.

Más allá de la descarbonización, las renovables emergen cada vez más como un pilar central de la seguridad energética, reduciendo la exposición a mercados volátiles, reforzando la autonomía nacional y mejorando la estabilidad del sistema. En este contexto, la cuestión ya no es si el sistema energético debe cambiar, sino a qué velocidad.

Para analizar estos cambios, Review Energy habló con Lindsey Entwistle, principal analyst de transición energética en Wood Mackenzie; Bruce Douglas, CEO de Global Renewables Alliance; y Jacob Mandel, research lead en Aurora Energy Research, con el objetivo de entender qué ha cambiado realmente y qué retos siguen sin resolverse.

Como resume Douglas, el cambio ya es estructural: “La transición ha pasado de ser una ambición medioambiental a largo plazo a convertirse en una necesidad inmediata de seguridad. Estamos pasando de importar combustibles a construir infraestructura. Una vez que una planta solar o eólica está construida, el ‘combustible’ es local, gratuito y no está sujeto a presiones geopolíticas. Esto no es solo un nuevo capítulo: es un libro completamente nuevo”.

¿Punto de inflexión o evolución acelerada?

A pesar de la magnitud de las recientes disrupciones, no existe un consenso absoluto sobre si estamos ante un verdadero punto de inflexión estructural.

Para Entwistle, la dirección es clara, aunque los tiempos siguen siendo inciertos. En su opinión, los países priorizan cada vez más la seguridad energética, con posibles reducciones de hasta un 50% en la exposición a importaciones de petróleo y gas, lo que se traduciría en una caída del 20% en la demanda de petróleo y del 10% en la de gas para 2050. Sin embargo, advierte que se trata todavía de un escenario hipotético y que es poco probable que se produzcan cambios estructurales significativos antes de 2030 debido a cuellos de botella en infraestructuras y limitaciones en las cadenas de suministro.

Por el contrario, Mandel interpreta la situación más como una continuidad que como una ruptura. En sus palabras, “esto es más una evolución que un cambio brusco”. Desde su perspectiva, la crisis actual refuerza una lección ya evidente en 2022: los mercados de hidrocarburos siguen siendo inherentemente volátiles y vulnerables a shocks geopolíticos. “La mayor parte del tiempo no ocurre nada, pero cuando sucede, puede ser muy grave”, señala.

Douglas, en cambio, adopta una postura más contundente y considera que el punto de inflexión estructural ya se ha producido. A su juicio, “la seguridad energética es sinónimo de producción renovable doméstica”. Para él, las crisis recientes han puesto de manifiesto la fragilidad de las cadenas globales de suministro fósil y han acelerado una transición que ahora es estratégica y no únicamente medioambiental.

De la descarbonización a la seguridad energética

En las tres entrevistas existe un amplio consenso sobre el cambio de narrativa alrededor de las renovables.

Desde la perspectiva de Entwistle, uno de los riesgos emergentes es sustituir la dependencia de los combustibles fósiles por nuevas vulnerabilidades ligadas a minerales críticos y cadenas de suministro concentradas. Por ello, insiste en la importancia de desarrollar cadenas de suministro nacionales allí donde sea posible —especialmente en solar, baterías, vehículos eléctricos e infraestructura de red— y diversificar cuando no lo sea.

Al mismo tiempo, Mandel destaca cómo el propio sector se está redefiniendo. Más allá de generar energía limpia, las renovables deben ahora garantizar la estabilidad del sistema en su conjunto. En su opinión, “no solo necesitan asegurar un acceso estable a los insumos, sino también aportar estabilidad al sistema”. Como consecuencia, el almacenamiento, la flexibilidad operativa y los contratos de largo plazo como los PPAs están adquiriendo un papel cada vez más central.

Llevando este argumento un paso más allá, Douglas reformula completamente el concepto: “la soberanía energética es seguridad renovable”. Mientras que antes las renovables se percibían principalmente como una herramienta de descarbonización, hoy su valor central reside en proporcionar independencia y precios competitivos. Como resume, la transición ha pasado de ser una ambición a largo plazo a convertirse en una necesidad inmediata de seguridad.

¿Está Europa mejor preparada?

En términos generales, la evaluación es matizada: Europa es más resiliente, pero sigue expuesta.

Para Entwistle, una de las principales diferencias está en la escala. Mientras que la crisis de Ucrania afectó principalmente al suministro europeo de gas, las tensiones actuales tienen un alcance global y afectan a alrededor del 20% de los flujos mundiales de petróleo y gas. Aun así, señala indicios de ajuste estructural, como el creciente papel de los vehículos eléctricos en la reducción de la dependencia petrolera. En el caso del gas, sin embargo, considera que la preparación solo ha mejorado de forma marginal, con niveles de almacenamiento del 82% en octubre de 2025 todavía por debajo de la media histórica, y una estabilidad reciente impulsada en parte por el clima templado y los altos precios.

Por su parte, Mandel coincide en que Europa se encuentra en una posición más sólida que en 2022, principalmente gracias a la expansión de la infraestructura de GNL y a la diversificación de rutas de suministro, incluyendo Estados Unidos, Catar y Australia. Además, la mayor penetración renovable y la caída de la demanda han reducido la presión sobre el sistema. Sin embargo, también advierte de nuevas vulnerabilidades, especialmente la menor flexibilidad para sustituir combustibles tras el cierre progresivo del carbón y la persistente —aunque reducida— dependencia del gas ruso.

Desde la perspectiva de Douglas, la naturaleza del riesgo simplemente ha cambiado. “La vulnerabilidad ha pasado de la generación a la integración”, explica. Es decir, el reto ya no consiste únicamente en instalar capacidad renovable, sino en garantizar que las redes y los sistemas de almacenamiento puedan llevar la electricidad allí donde se necesita. En su opinión, “tenemos la tecnología, las herramientas y los objetivos; lo que falta es voluntad política para tratar la electrificación como una cuestión de seguridad nacional”.

Ganadores, perdedores y nuevas cadenas de valor

El impacto de estas crisis ha sido desigual en todo el sistema energético.

A corto plazo, Entwistle señala que los exportadores de combustibles fósiles no afectados directamente por las disrupciones han salido beneficiados, mientras que los países importadores han afrontado mayores costes. Sin embargo, a largo plazo considera que el equilibrio podría inclinarse a favor de países y empresas con capacidad de fabricación en tecnologías limpias, a medida que avance la electrificación, mientras que los exportadores fósiles podrían enfrentarse a un declive estructural de la demanda.

De forma similar, Mandel observa que los entornos de precios elevados suelen beneficiar a proveedores y desarrolladores energéticos, especialmente en áreas como almacenamiento y flexibilidad. Los vehículos eléctricos también ganan atractivo en este contexto. Por el contrario, las industrias intensivas en energía y los hogares sin mecanismos adecuados de protección siguen estando entre los más vulnerables.

Un sistema más resiliente, pero con nuevas dependencias

Aunque la resiliencia ha mejorado, también han surgido nuevas vulnerabilidades.

Como destaca Entwistle, las dependencias no han desaparecido, simplemente se han desplazado. Los minerales críticos y las cadenas de suministro de tecnologías limpias se están convirtiendo en los nuevos cuellos de botella estratégicos, reforzando la necesidad de diversificación y capacidad industrial doméstica.

Mandel coincide con esta dualidad. Por un lado, el sistema europeo es más resiliente gracias a las renovables y a una mejor capacidad de respuesta del mercado. Por otro, es menos flexible debido a la reducción de opciones para sustituir combustibles. Aun así, subraya que las señales de precios siguen siendo un mecanismo clave de estabilización, ayudando a equilibrar la demanda y evitar escasez.

En conjunto, todas las perspectivas convergen en una misma conclusión: la transición energética no elimina el riesgo, sino que lo transforma.

En este nuevo equilibrio, las renovables ya no son únicamente una solución climática. Cada vez más, se están convirtiendo en la base estructural de la seguridad energética del futuro.

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