El día que dejé de creer en el hidrógeno
Hay una diferencia enorme entre creer algo porque te lo han contado y creer algo porque tú mismo lo has experimentado. La mayoría de las convicciones tecnológicas que sostiene una sociedad pertenecen al primer grupo. Casi nadie se sienta a comprobar si los números cuadran de verdad. Yo tuve la oportunidad de hacerlo con una tecnología muy concreta, y lo que encontré cambió para siempre la forma en que leo cualquier promesa tecnológica desde entonces.
Estudié ingeniería industrial y después hice un máster en hidrógeno en Dinamarca. Durante años, el hidrógeno verde se presentó como la pieza que le faltaba a la transición energética: un gas que se podía fabricar con electricidad renovable, almacenar, transportar y quemar cuando hiciera falta, la solución técnica perfecta para sustituir fósiles en todo lo que la electricidad sola no podía resolver. No era una opinión aislada ni una moda pasajera. Era, durante mucho tiempo, el consenso sobre el futuro a largo plazo de buena parte del sector.
Pasé varios años trabajando en un centro de investigación de hidrogeno (Fundación Hidrogeno Aragón), desarrollando proyectos reales con esa tecnología: un vehículo con pila de combustible, el sistema energético de un velero que dio la vuelta al mundo. No era teoría de despacho. Eran equipos instalados de verdad, con números de verdad.
Y un día, haciendo las cuentas completas del proceso de principio a fin, aparecieron los números que casi nunca salen en las presentaciones del sector. Coges electricidad renovable, la metes en un electrolizador, generas hidrógeno: ya en ese primer paso se pierde cerca de un 40% de la energía. Lo comprimes para transportarlo o almacenarlo: otro 10% se va por el camino. Lo vuelves a convertir en electricidad en una pila de combustible: se pierde otro 50%. Al final, de cada cien unidades de energía que entran al proceso, llegan veinte o veinticinco al destino.
¡Veinticinco por ciento! No era un fallo de diseño que se fuera a arreglar con el siguiente prototipo. Era física. Cada conversión de energía tiene pérdidas que ninguna mejora de ingeniería puede eliminar del todo, y el hidrógeno verde como vector necesita varias conversiones seguidas. Ese fue el momento de dejar de creer en el hidrógeno como la pieza que cerraba el puzle de la transición energética. No fue una crisis. Fue una conclusión técnica que ya no se podía seguir esquivando.
Lo interesante no es el hidrógeno en sí. Es lo que pasó después con esa conclusión. Durante años, casi nadie quiso decirla en voz alta, mientras los fondos públicos y los titulares seguían anunciando inversiones millonarias en la misma tecnología. La distancia entre lo que se contaba en las conferencias del sector y lo que salía en la hoja de cálculo era enorme, y casi nadie parecía tener demasiado interés en cerrarla.
Con el tiempo até cabos con algo que tenía delante de las narices desde siempre: el petróleo. Me habían enseñado a verlo como el villano, la sustancia de la que había que salir cuanto antes, fuera como fuera. Lo miré con los mismos ojos técnicos con los que acababa de mirar el hidrógeno, y me encontré justo lo contrario de lo que me habían contado. El petróleo es una maravilla. Denso. Estable. Se guarda años en un depósito sin perder ni un gramo de energía, y cruza medio planeta por una fracción de lo que cuesta mover lo mismo en batería. Ninguna tecnología humana se le acerca todavía en capacidades. No hace falta que te lo diga ningún físico ni ningún estudio, basta con mirarlo un momento sin la etiqueta de sucio puesta encima: el problema nunca fue una tecnología concreta. Es la sustancia sobre la que se sostiene toda la civilización industrial, y que llevábamos décadas dando por descontada como si fuera infinita, los combustibles fósiles, y el hecho real es que no son fáciles de sustituir.
Este artículo no es, en el fondo, una reflexión sobre el hidrógeno ni sobre el petróleo. Es sobre lo fácil que resulta creer una promesa tecnológica mientras nadie hace las cuentas completas, y lo incómodo que resulta seguir sosteniéndola en cuanto alguien las hace. Le pasó al hidrógeno. Le puede pasar a las baterías, a la inteligencia artificial, a cualquier tecnología que hoy se presente como la pieza que por fin cierra el problema. Es el hilo que atraviesa el libro que acabo de escribir, "Cuando lo material fracasa", no es un libro sobre hidrógeno, sino sobre esa costumbre nuestra de creer las promesas sin hacer la cuenta completa. La pregunta que vale la pena hacerse no es si una tecnología suena prometedora. Es si alguien, incluido tú, ha hecho ya la cuenta completa, o si simplemente ha decidido creerla.
Escribe: Marcos Ruperez, autor del libro 'Cuando lo material fracasa'.





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