Las renovables descentralizadas buscan impulsar economías sostenibles en comunidades remotas de América Latina
Aunque América Latina ha alcanzado casi un 98% de electrificación, persisten importantes desigualdades en el acceso a la energía, especialmente entre las zonas rurales y urbanas. En comunidades remotas de la cuenca amazónica y la sierra andina, muchas poblaciones continúan sin acceso a la red eléctrica.
En estos territorios, las energías renovables descentralizadas (ERD), como los sistemas solares con almacenamiento en baterías y las instalaciones microhidroeléctricas, pueden cubrir parte de estas necesidades. Su impacto, sin embargo, va más allá de proporcionar electricidad: cuando se destinan a usos productivos, también pueden contribuir a generar ingresos, fortalecer las economías locales y crear oportunidades de desarrollo sostenible.
Con el objetivo de analizar cómo ampliar estos modelos, la Agencia Internacional de Energías Renovables (IRENA), la Alianza Energética Global y Practical Action organizaron el mes pasado un taller de intercambio de conocimientos en Perú. La actividad se desarrolló en el marco de la Iniciativa Global para la Transición de Comunidades Remotas a las Energías Renovables y reunió a participantes de Bolivia, Brasil, Colombia, Ecuador y Perú para compartir experiencias y buenas prácticas.
De la electrificación a la actividad productiva
Durante tres días, los participantes analizaron aplicaciones de las renovables en actividades como la agricultura, el procesamiento agroindustrial, el bombeo para riego, el almacenamiento en frío, la carpintería y la transformación de productos.
Las experiencias compartidas mostraron que llevar infraestructura energética a una comunidad no garantiza por sí solo una transformación económica inmediata. Para que la electricidad se convierta en un motor de desarrollo sostenible, las soluciones deben adaptarse a las cadenas de valor locales y estar acompañadas de asistencia técnica, formación de capacidades y políticas públicas.
Uno de los casos analizados fue el de la comunidad indígena de Soledad, en Perú, donde una planta procesadora de productos de plátano funciona con energía solar y almacenamiento en baterías. La instalación cuenta con 56 paneles solares y una capacidad máxima de generación de 32,66 kW.
Antes del proyecto, la comunidad dependía por completo de generadores diésel. La instalación solar redujo esta dependencia, así como los costes operativos y las emisiones de gases de efecto invernadero. Además, los habitantes locales recibieron capacitación para participar en la construcción e instalación del sistema.
El suministro eléctrico permite mantener en funcionamiento los equipos de procesamiento y ha incrementado la producción de chips de plátano deshidratados destinados al mercado europeo. Según el caso presentado durante el taller, la planta se ha convertido en una fuente de ingresos sostenibles para unas 240 familias indígenas de la región.
Embarcaciones solares en la Amazonía ecuatoriana
Otro ejemplo presentado fue el de las embarcaciones propulsadas con energía solar en el territorio Achuar, en la Amazonía ecuatoriana. Estas comunidades se encuentran alejadas de las redes eléctricas y de las carreteras y tradicionalmente dependían de gasolina importada para su movilidad.
El sistema permite reducir el uso de combustibles fósiles y facilita los desplazamientos por los ríos. Las estaciones de energía solar utilizadas para cargar las embarcaciones también suministran electricidad para la iluminación y el acceso a internet en las comunidades indígenas.
Gracias a estas embarcaciones, los habitantes pueden desplazarse para asistir a clases, realizar actividades comerciales en los mercados, llevar a cabo trámites en las ciudades y monitorizar sus selvas tropicales. El proyecto ha mejorado la movilidad y la calidad de vida de estas comunidades con un impacto ambiental mínimo.
Más allá de la energía solar
Pese al potencial mostrado por estos proyectos, el intercambio también puso de manifiesto que las microcentrales hidroeléctricas recibieron una atención limitada durante el taller. La mayor parte de las experiencias analizadas estuvieron relacionadas con la energía solar, aunque América Latina dispone de un importante potencial hidroeléctrico que también puede generar oportunidades económicas sostenibles para las comunidades rurales.
La energía eólica tuvo igualmente una presencia menor en las discusiones, pese a la experiencia existente en la región. Ante esta situación, los participantes señalaron la importancia de identificar nuevas oportunidades de colaboración en el ámbito eólico y avanzar hacia una mayor diversificación de las fuentes renovables.
Diversificar las tecnologías puede contribuir a aumentar la resiliencia de los sistemas energéticos y, al mismo tiempo, respaldar el desarrollo sostenible de las comunidades remotas.
El papel del sector privado
El taller también identificó otro desafío: la limitada participación del sector privado en la expansión de soluciones renovables en las zonas rurales.
Los participantes destacaron que el sector público tiene un papel clave para crear incentivos y mecanismos capaces de facilitar la inversión privada y promover modelos de colaboración más sostenibles.
El intercambio de experiencias en Perú dejó así una conclusión central: la electrificación rural no debe limitarse a llevar electricidad a las comunidades, sino que debe vincularse con sus actividades económicas y necesidades locales. Para que las renovables descentralizadas contribuyan de forma efectiva a mejorar los medios de vida, será necesario combinar infraestructura energética con capacidades locales, asistencia técnica, políticas públicas y una mayor participación de actores privados.





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